Historias de Racheal Kunoichi – *La Ninja Americana* #5 : “El Monje Templado”
Historias de Racheal Kunoichi – *La Ninja Americana* #5 : “El Monje Templado”
Autor: capc
1.- Cabe señalar que esta es una historia que no está dentro del canon
oficial del personaje del videojuego del genero Fighting Martial Champion
(Campeón Marcial) de la Konami, y de un reconocido personaje de la popular
franquicia de Fatal Fury de SNK.
2.- Todos los derechos reservados pertenece(n) a la(s) compañía(s),
persona(s) que crearon a los personajes, imágenes y demás que se mencionan, muestran
en estas historias creadas por mi persona.
3.- Son historias que comparte en el Internet el mejor jugador del Perú solamente en el videojuego de la SFC "Super Formation Soccer 94", y quien es el admirador numero#1 en el Perú de la Ninja "Mai Shiranui" escribiéndole prosas, poemas y fanfics.
Personajes/Lugares creados por mi persona:
*Kanazawa; Es el lugar donde queda ubicado el clan ninja de
los ancianos que entrenan a Raquel.
Masakazu Miyuzani : sensei de Raquel.
Eiji Kamata : Abuelo de Raquel en Japón.
Hisa Hirata : Abuela de Raquel en Japón.
Akihiko : Un joven monje de templo del pueblo de Kanazawa.
Dai-Sama : Uno de los maestros monjes del templo en donde se
encuentra Akihiko.
*Kanazawa : Es un lugar que si existe en Japón, y que solo
me lo imagino como el lugar donde vive Racheal (Raquel).
I
La historia inicia en el pueblo de Kanazawa, Japón, en donde la joven
Raquel vivía en la casa de unos ancianos que la criaban como si fuera su nieta.
Ella ya estaba en sus dieciocho años de vida, y entrenaba con su maestro de
artes marciales, “Masakazu Miyuzani”, quien era el más fuerte de todos los
integrantes del clan ninja. El hombre del cuerpo fornido la exigía en su
entrenamiento para que algún día sea el orgullo del clan de artes marciales,
cuyos fundadores eran el anciano; “Eiji Kamata” y su anciana esposa; “Hisa
Hirata”. Era la mañana de un domingo en el amigable pueblo de Kanazawa, la
joven de los cabellos rubios amarrados como una trenza y quien vestía ropa
deportiva color azul, salía del mercado con bolsas bien abastecidas de
saludables verduras. Un grupo de cinco jóvenes monjes de alrededor de veinte
años se la quedan mirando a la esbelta mujer de la blanca piel, quien se había
sentado un momento en una de las bancas de la calle para tomarse un descanso y
mientras disfrutaba de una lata de refresco bien helada. ¡Oe Oe Oe! ¿Quién es
esa chica?, pregunta uno de los jóvenes de cabeza completamente desnuda, y
quien veía con mucho detenimiento como bebía de la lata de refresco la mujer de
la cinta blanca en la cabeza. Creo que entrena en el clan de aquellos
honorables ancianos. El joven monje que hizo la pregunta lo mira con asombro a
su hermano monje y le dice: Te refieres… hermano, ¿enserio esa chica está
entrenando con esos ninjas?. - Así es, será mejor que no nos metamos en sus
asuntos, recuerden que tenemos prohibido relacionarnos con mujeres, sobre todo
si son extranjeras – les dijo el hermano monje de mirada servicial quien como
los otros llevaba una cesta de alimentos en su espalda.
II
Ella quien estaba sentada en una
de las bancas de madera llega a escuchar los cuchicheos del grupo de jóvenes
monjes quienes admiraban la belleza de la chica de la blanca cinta en su
frente, presentía que eran hombres muy tranquilos los que la estaban espiando
detrás de los arbustos, y sin mirar hacia donde se encontraban ellos les pide
que se muestren. El mayor de los jóvenes monjes de las cabezas desnudas les
dice con preocupación en su rostro a sus hermanos: ¡Ya vámonos de regreso al
templo!. Todos se regresan raudos a su armonioso templo, menos uno… al joven
muchacho de las ropas color mostaza le temblaban las piernas al ver como lo
miraba la chica de la piel blanca, cuyos ojos eran grandes y brillantes como los
zafiros. Él se tranquiliza, se acerca hacia ella y se presenta con mucha
timidez. A ella no le inspiraba desconfianza el joven monje de la cabeza
desnuda, y termina haciéndose su amiga. Si me disculpas tengo que regresar a mi
dojo a dejar estas bolsas en la cocina. - ¡Te puedo ayudar! Permíteme ayudarte
– le dijo de manera muy atenta el servicial hombre de la cabeza calva. No,
gracias amigo, puedo llevar estas bolsas sin ningún problema. ¿Podemos volver a
vernos alguna vez?, le pregunta el joven monje con un brillo de entusiasmo en
su mirada. Ella le dice: Entonces… tal vez nos veamos el próximo domingo en
este camino, como a estas horas. Él le dice: No hay problema, como a estas
horas con mis hermanos salimos del mercado con canastas de alimentos como la que
tengo aquí… de seguro nos encontraremos, si así el gran Buda lo quiere. O fue
una estupidez de parte del joven monje, o fue una movida valiente… sea lo que
sea, al monje se le había acelerado el corazón como nunca en su vida, y había
hecho a su primera amiga, una extranjera de rubios cabellos. Él ve retirarse
con dirección a su hogar a la mujer de la casaca deportiva ceñida color azul, y
luego de dar un profundo suspiro, se regresa al templo con sus hermanos monjes.
III
De regreso en el templo de los
monjes del pueblo, el joven de la cabeza desnuda se encontraba en una de las
mesas del comedor con sus otros hermanos, ingiriendo el sano alimento. - ¡Oe
Oe! ¿No vas a comer tu ración “Akihiko”? – le pregunta un joven monje que
estaba sentado a su mano izquierda. Otro de los monjes que estaba sentado
frente suyo le dice: ¿No me digas que te has templado de la extranjera hermano
Akihiko?. El joven muchacho de la cabeza desnuda agacha la mirada y se empieza
a sonrojar. Se escuchan risas de los cerca de cuarenta jóvenes monjes que se
habían enterado de la hazaña de su hermano del templo. Oye, eres un estúpido o
que, sabes muy bien que el maestro nos prohíbe relacionarnos con chicas, ¿Qué
paso por tu cabeza hermano?. - Creo que el cuerpo de esa mujer alborotó a
nuestro amigo – les dice uno de los monjes que la vio beber de una lata de refresco
sentada en una banca. Otro de ellos que estuvo con el joven inapetente en ese
grupo de cinco cerca al mercado les dice: O tal vez fue la dorada cabeza de esa
chica. Un anciano monje se acerca hacia el grupo de jóvenes monjes que rodeaban
la banca en donde estaba sentado el romántico Akihiko, y presiente que están hablando de
mujeres.
IV
Ya veo… Akihiko, acompáñame, conversemos en privado. ¡Si
Maestro Dai-Sama!. Ambos monjes entran a una sala en donde habían varios
objetos fabricados con barro, y que eran comercializados en el concurrido
mercado del pueblo. El anciano de las ropas de colores naranja con mostaza le
dice: ¿Sabes que has quebrantado una importante regla de nuestro sagrado
templo, Akihiko?... No se nos permite tener intimidad con mujeres. ¿Qué ocurrió?.
Maestro, perdóneme… Me quedé como embelesado cuando la vi sentada en aquella
banca cerca al mercado… y, y… no se… algo aquí dentro como que se me avivó, y
no quería moverme de ahí… ¿acaso es pecado enamorarse Maestro Dai-Sama?. El
anciano de los bigotes grises muestra semblante amigable, y luego le dice: No
Akihiko, no es ningún pecado el sentir amor por alguien… Pero las reglas de
este templo se respetan… tú tienes las puertas abiertas mi querido muchacho. O
te quedas con nosotros y sigues siendo uno de vuestros hermanos, o nos
abandonas y buscas conformar una familia con una buena mujer. Tú decides
muchacho. El joven de la cabeza desnuda la tenía muy difícil, ya que se sentía
muy bien estar en la hermandad del templo, pero por otra parte, quería algo con
la joven de los grandes ojos azules como el zafiro. El anciano da un suspiro y
le dice: Dame tu respuesta definitiva al amanecer, ahora ve con tus hermanos, y
después de terminar tu alimento sigue con tus tareas.
V
Y habían pasado los días, y ya
era domingo. La anciana Hisa quien en su vejes seguía siendo una experimentada
artemarcialista le había pedido a Raquel que vaya acompañada de Ayaka a
realizar las compras en el mercado. Ambas mujeres habían hecho sus compras en
el mercado, y pasan por el camino que da a su hogar, en donde se veían unas
bancas de madera. Raquel atisba a unos monjes con mirada servicial cargando en
sus espaldas unas grandes cestas de alimentos, y quienes se dirigían de regreso
al templo que estaba ubicado a unas diez cuadras del popular mercado. Ayaka y
Raquel se habían sentado un momento en una de las bancas a tomarse un descanso
y mientras bebían su refresco en lata que habían adquirido de una máquina
expendedora de refrescos que se encontraba a unos metros de distancia de ambas
mujeres. Ambas ven caminar a los obreros de las cabezas desnudas y mirada
servicial que caminaban en fila de a uno, como si fueran obreras hormigas. Uno
de los monjes de ropas color mostaza reconoce a la mujer de los cabellos rubios
y cinta blanca en la cabeza, y detiene su marcha. El monje que estaba detrás de
Akihiko, y quien tenía su mirada gacha a la altura de la cesta de paja que
cargaba su hermano monje, choca su cabeza con la canasta y detiene su marcha. ¡Oe
Oe! Akihiko, tenemos que regresar con estos pedidos, ¿Por qué te detienes?,
pregunta uno de los hermanos monjes de mirada servicial. Él no le responde,
estaba embelesado de la belleza de la mujer de la piel blanca como la leche,
quien vestía su acostumbrado buzo deportivo azul. El hermano monje de la cabeza
desnuda atisba hacia donde veían los negros y jalados ojos de su hermano monje,
y luego vuelve a mirar al joven de la cabeza desnuda y le dice: No te demores,
o lo sabrá el maestro Dai-Sama.
VI
La sirvienta de la casa de los
ancianos ninjas le dice a la joven de la cinta blanca: Raquel, ya vámonos de
regreso. Ayaka-san, en un momento te doy el alcance. - De acuerdo, no te
demores – le dijo la mujer de los largos y negros cabellos quien se retira de
regreso al dojo. El joven monje después de tomar aire por la boca y exhalar por
la misma vía, se da valor a sí mismo y se le acerca a la chica quien entrenaba
artes marciales como el ninjutsu en el clan de los respetados ancianos ninjas,
cuyo mejor estudiante del clan era el sensei de Raquel, Masakazu Miyuzani. Después
de ambos saludarse él le dice: Oye, te tengo un regalo. Lo siento amigo, no
quiero ponerte en aprietos, ese regalo mejor dáselo a otra chica. El muchacho
de la cabeza calva pone la cesta sobre el piso y saca de ella un conejo de
pelaje castaño con blanco, y luego se lo muestra con ambas manos hacia adelante
diciéndole: Por favor, acéptalo. Ella ve al animal de largas orejas con mucha
ternura, y lo carga para luego ponerlo sobre su bien proporcionado pecho, con
su rostro en la cabeza del animal. Al joven monje le gustaba verla alegre a la
chica de la cinta blanca en la frente, y él empieza a sentir un poco más de
confianza consigo mismo. Muchas gracias, pero no sé si deba aceptarlo… me han
dicho que a ustedes les ponen una regla estricta con relación a las chicas, y
pues, yo soy una chica… no creo que sea correcto, así que, creo que mejor te lo
devuelvo. No por favor, quédate con el conejo… es un obsequio que te lo entrego
con mucho cariño, y si no lo aceptas, no creo que pueda dormir.
VII
Ya era de noche, y en la casa de
los ancianos ninjas estaban cenando Raquel con los ancianos. - Ya veo, ese
joven parece que está enamorado de nuestra querida Raquel – les dice la anciana
con semblante alegre. ¿Y tú qué opinas abuelo?, tu opinión es muy importante
para mí. El anciano quien se atusaba su larga y grisácea barba le dice: Si lo
vez no le vuelvas a aceptar un regalo… solo lo estarías inquietando y
perjudicando. ¿He sido claro muchacha?. Si abuelo, entendí el mensaje. La
anciana Hisa le dice a la joven de dieciocho años: Pero que pensabas Raquel,
esos hombres son monjes, y no tienen relaciones con mujeres. ¿Qué puedo hacer
abuela?, yo solo estaba sentada en aquella banca bebiendo una lata de refresco,
y ese muchacho quedó encantado de mi belleza. La anciana Hisa les dice: Que
buen entrenamiento estas llevando con nuestro orgullo, Miyuzani, tienes el
cuerpo de toda una mujer guerrera, Raquel… Muy, muy esbelto, te felicito. La
joven de los ojos azules hace un gesto de agradecimiento con la cabeza a la
mujer de los largos y grisáceos cabellos, y luego les dice: Sabes abuela, creo
que el abuelo tiene razón; si conservo mi amistad con Akihiko lo estaría
tentando, y al final perjudicando. El anciano artemarcialista mira a Raquel y
le dice: El consejo que te da este anciano; es que te centres en tu
entrenamiento, y si vas a querer tener un novio, que sea alguien que no sea un
monje por todos los cielos. Hisa y Raquel sonríen con sus manos tapándose los
labios, por la manera como lo dijo el anciano y líder del clan de artes
marciales.
VIII
Era la madrugada de un lunes en
la ciudad de New York, EE.UU. Raquel se encontraba descansando su adolorido
cuerpo en la habitación de Terry Bogard. Ella mostraba unas vendas por sus
brazos y en una de sus piernas. El hombre del bividí blanco y rubios cabellos
amarrados como cola de caballo pasa su fornido brazo derecho por el cuerpo de
Raquel quien vestía una bata azul con negro, haciendo que ella agarre su mano
derecha del llamado lobo solitario. ¿Sabes?, siempre soñé tener un momento íntimo
contigo… y mi sueño al fin se cumplió. Terry olfatea sus dorados cabellos, los
cuales olían bien, y por momentos pasaba por su mente su compañera de equipo y
amiga íntima, Blue Mary Ryan, quien se encontraba a unas habitaciones a su
costado. Ya estaba cerca de amanecer. El hombre de los pantalones de vaquero
azul se levanta con cuidado de la cama procurando no despertar a la mujer de la
bata azul con negro… Antes de abandonar la habitación él se queda mirando a la
mujer que dormía plácidamente en la cama, y luego se dirige a la azotea del
edificio del hotel para ejercitar un poco el cuerpo. Se ven los primeros rayos
del alba saludar a la leyenda de South Town, quien estaba haciendo flexiones
con un brazo, teniendo ambos pies apuntando al cielo despejado y teniendo a los
imponentes edificios de la ciudad acompañando la escena. Mientras ejercitaba un
poco el cuerpo pasaba por su mente la exuberante ninja americana, quien le
había hecho sentir esa palabra llamada… amor.
Continuara en una Próxima Historia…
capc
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